¿Y si el que observa y lo observado fueran lo mismo?
Tercera parte de una idea que empezó con Caszely y siguió con Descartes. El cierre de la trilogía.
En el post anterior quedó una pregunta abierta. Vimos que no eres tus pensamientos, que hay un observador y hay un personaje, que una cosa es el que mira y otra el pensamiento mirado. Y al final, la duda: ¿son de verdad dos cosas separadas?
Hoy quiero responderla. Pero antes te aviso algo, para que leas esto como lo que es.
Lo que viene no te lo entrego como una verdad que tengas que aceptar. Es mi manera de mirar, una entre muchas. Tómala, cuestiónala, déjala si no te sirve. Acá va, honesta.
Subamos un piso
Hasta acá te mostré que hay una distancia entre tú y lo que piensas. Eso es cierto. En el nivel donde vivimos casi todo el tiempo, separar al observador del pensamiento es un paso enorme, y libera. Dejas de ser esclavo de cada idea que te cruza la cabeza.
Pero hay un piso más arriba. Y desde ahí, la cosa cambia.
Porque si miras con cuidado, el observador y el pensamiento aparecen en el mismo lugar. Los dos ocurren en la consciencia. El pensamiento surge en ella, y el que lo observa también está hecho de ella. No están separados por un muro, uno acá y el otro allá. Son olas del mismo mar. Distintas en la superficie, lo mismo en el fondo.
La separación entre el que mira y lo mirado es real como herramienta, igual que es útil decir “yo” y “tú” para movernos por el día. Pero como verdad última, esa separación se disuelve.
Y eso no lo digo solo porque lo haya leído o pensado. Lo digo porque hubo una experiencia que me lo mostró de un modo que el pensamiento solo no alcanza.
Una experiencia difícil de poner en palabras
Hace un tiempo, en Valencia, participé en una ceremonia con bufo alvarius. Por unos minutos, mi identidad se disolvió por completo. No es una manera de hablar. Fue, literalmente, morir en vida.
No te voy a describir lo que vi, ni lo que sentí en detalle. En parte porque no se deja contar bien, y en parte porque el detalle da igual acá. Lo que cuenta es lo que quedó después: una certeza vivida, no de la cabeza, de que eso que damos por sólido —el yo encerrado, separado de todo lo demás— es mucho menos firme de lo que creemos. Que se puede caer. Y que cuando se cae, queda algo vivo, conectado con todo.
Esa experiencia no me dio información nueva. Me hizo tocar, por un rato, algo que las palabras solo rodean. Y eso que toqué —que la separación no es lo último que hay— tiene nombre. Lo han dicho muchos, en muchos lugares, mucho antes que yo.
Eso es lo que algunos llaman la Ley del Uno
Una manera de nombrarlo es la Ley del Uno.
La idea es esta. Todo lo que existe es, en su nivel más profundo, una sola consciencia tomando formas distintas. Tú, yo, el árbol, la piedra, el pensamiento que tienes ahora mismo. No como metáfora bonita, como estructura de fondo. Las diferencias son reales en la superficie y necesarias para vivir: si no separáramos las cosas, no podríamos ni cruzar la calle. Pero esa separación es funcional, no final.
Piénsalo con algo concreto. Entre tu cuerpo y la silla donde estás sentado hay un espacio que llamas vacío. No está vacío. Hay aire, moléculas, átomos, un campo que es, en el fondo, lo mismo de lo que estás hecho tú y de lo que está hecha la silla. La frontera donde “terminas tú y empieza el aire” es mucho menos clara de lo que tus sentidos te dicen. Tus ojos te muestran objetos separados. La física te muestra un solo tejido continuo.
La Ley del Uno dice que con la consciencia pasa lo mismo. Parece que la tuya está acá, encerrada en tu cabeza, y la mía allá, en la mía. Separadas. Pero quizás sea un solo campo mirándose desde millones de puntos a la vez, y cada uno de nosotros, creyéndose aparte, es uno de esos puntos.
Volvamos al principio
Y acá se cierra el círculo de estos tres textos.
Caszely, sin saberlo, te mostró que puedes mirar tus pensamientos desde afuera. Shakespeare separó al que es del que actúa. En ese nivel, hay un observador y hay un personaje. Pero sube un piso más, y el observador resulta no estar separado de nada. El que observa, lo observado y el acto de observar ocurren todos en el mismo campo: la consciencia. Y ese campo es lo que tú eres en el fondo.
No eres el personaje. Tampoco eres solamente el observador encerrado mirando al personaje. Eres el campo entero donde todo eso ocurre.
Y acá quiero bajar de las alturas, porque es fácil perderse en ellas. Todo esto suena enorme, casi inalcanzable. Pero la conclusión es simple, y es lo más práctico que te puedo dejar: no necesitas entender la consciencia universal para vivir mejor hoy. Te basta con sospechar que la separación que das por obvia no es tan sólida. Que la próxima vez que sientas que el mundo está contra ti, recuerdes que esa frontera entre “yo” y “lo demás” es más fina de lo que parece. Lo simple, lo aterrizado, sirve más que cualquier término elevado que no toque el suelo.
Quédate con eso, que parece poco y es enorme: que la separación que das por obvia podría ser el último velo. Y detrás no hay nadie distinto de ti. Hay, simplemente, todo.
Estas ideas atraviesan toda mi obra. El mecanismo que sostiene la ilusión de separación lo trabajo en Sesgo de confirmación aplicado a la existencia, y la mirada metafísica que las une está en Pensamientos sopaipillas de metafísica. Los encuentras en mi catálogo.



