¿Qué es un psiconauta?
Saber de algo y vivirlo son dos cosas distintas. De eso se trata explorar la consciencia.
¿Qué se te viene a la cabeza cuando lees la palabra? Psicodélicos, capaz droga, quizas Astronauta? también. Sea lo que sea, déjalo ahí un segundo, que te lo explico simple.
Psico viene del griego psyché: la mente, el alma, la consciencia. Nauta viene de naútēs: el marinero, el que se echa al mar. La misma raíz de astronauta, el que explora el espacio. Solo que el psiconauta no viaja a las estrellas ni cruza océanos. Explora el territorio de adentro, el menos cartografiado de todos. Al mar y al cielo ya les hicimos mapas. A la mente propia, casi nadie.
Psiconauta y psicodélico no son lo mismo
Acá está la confusión más común, y conviene aclararla de entrada. El psicodélico es una de las naves. El psiconauta es el que se sube a explorar. Tener una nave no te hace marinero.
Hay quienes exploran con meditación, con respiración, con ayuno, y jamás tocan una sustancia. Y hay quienes han probado de todo y volvieron peor del viaje que como se fueron. La sustancia es lo de menos. Lo que define es la exploración.
Saber no es lo mismo que vivir
Una vez, cuando viví en Valencia, un conocido me dio una clase entera sobre la ayahuasca: los efectos, el proceso, lo que pasa, todo, al derecho y al revés. Le pregunté si la había probado. No. ¿Le interesaba hacerlo? Tampoco. Tenía el manual completo de un lugar donde jamás puso un pie.
Y ahí está el punto. La información, sola, es solo información. Se lee, se memoriza, y ahí se queda. El que la tiene cree que sabe, y esa es la primera trampa. Miguel Ruiz, en Los cuatro acuerdos, lo dice claro: la mayoría de lo que creemos saber son suposiciones que nunca comprobamos. Datos que repetimos sin haberlos vivido.
Saber de algo es el primer escalón, no la cima. Después viene la experiencia, vivirlo en carne propia, que ya es otro mundo: una cosa es leer sobre el fuego y otra es quemarte. Pero ni con eso alcanza. Hay gente que vive cosas enormes y sigue igual, porque le falta el último paso: la integración. Eso que viviste tiene que bajar a tu vida y cambiarte algo, cómo decides, cómo andas el día. Si no, fue solo una experiencia fuerte y nada más.
Información, más experiencia, más integración. Esa es la fórmula de la sabiduría. Un psiconauta es el que recorre las tres etapas. No junta datos sobre la consciencia, no colecciona viajes para contar. Va, se mete adentro, y vuelve distinto.
Por eso no se mide por cuánto probó, ni por las sustancias que conoce, ni por las historias que tiene. Se mide por una sola cosa: qué tan lejos está dispuesto a mirar dentro de sí mismo, y qué hace con lo que encuentra ahí.
Cualquiera puede subirse a una nave. Pocos se animan a llegar hasta el fondo y volver con algo que les cambie la vida. Eso es un psiconauta.
Las naves
Estas son algunas de las herramientas que se usan para explorar. Ninguna es el viaje en sí, solo la puerta. Hay más, pero acá hablo solo de las que probé.
Los hongos llevan psilocibina; se comen y abren la percepción durante unas horas. Un viaje muy entretenido, sobre todo si lo vives hacia afuera.
La ayahuasca es una cocción amazónica de dos plantas: una aporta DMT, el compuesto que produce las visiones, y la otra permite que el cuerpo lo asimile. Dura horas y suele traer la purga: vomitar, irte por el baño, soltar todo lo que traes. Un viaje necesario para limpiar lo que cargas encima.
El bufo es el veneno de un sapo del desierto; se vaporiza, lleva 5-MeO-DMT y pega en segundos, brutal y velocísimo. Es un shot, un disparo fulminante, la experiencia más radical que he tenido. Es morir en vida, así, sin adornos ni palabras bonitas: te mueres. Y es el viaje más maravilloso que podrías hacer.
El LSD se sintetiza a partir de un hongo, el cornezuelo. Expande los sentidos, todo se intensifica, los colores, los sonidos, las ideas. Un viaje largo, de varias horas.
El rapé es tabaco molido con cenizas y plantas, soplado por la nariz con una pipa. No es psicodélico, pero aterriza, centra y despeja la cabeza. A mí me ayudó muchísimo en mi primera sesión de ayahuasca, para concentrarme y meditar.
Y hasta la marihuana, que casi todos ubican como puro panorama, es una planta que algunas culturas usaron en ceremonia. Con intención clara, lleva a estados muy distintos de los de fumar por fumar.
De todo esto, las plantas, los hongos, lo que cada viaje me enseñó, escribo en varios de mis libros. No son manuales de psicodélicos: son lo que entendí después, ya de vuelta, con los pies en la tierra. Si te interesa el tema, ahí está todo el camino.
Los dos viajes
A un viaje con psicodélicos se le dice “viaje”, y no por casualidad. Pero hay dos direcciones, y conviene no despreciar ninguna.
Está el viaje hacia afuera. El que cruza ciudades, conoce gente, se mete en ambientes nuevos, cada lugar con su propia energía. Eso es real y eso enseña. A veces te topas justo con la persona o la situación que necesitabas, y ahí pasa algo que ninguna meditación te da. El mundo de afuera también es un maestro.
Y está el viaje hacia adentro. El que mira lo que hay debajo del ruido, el que se pregunta quién observa todo esto. Ese también es real, y también enseña.
El error está en quedarse solo en uno. El que viaja toda la vida hacia afuera y nunca mira adentro junta postales y se pierde lo de fondo. Pero el que solo mira adentro y desprecia el mundo, los logros, el cuerpo, la materia, también se está perdiendo la mitad. Las dos son reales. Las dos son parte de lo mismo.
Lo bueno pasa cuando se tocan: cuando lo que vives afuera lo masticas adentro, y lo que entiendes adentro lo llevas de vuelta a tu vida de afuera. Ahí el viaje está completo. El psicodélico, la planta, el hongo, el avión, la montaña, son la nave. Lo que importa es que vayas de verdad hacia ti, en la dirección que sea. pero hacia ti, explorando el ruido del exterior, pero sin olvidar el silencio interno.
Sobre estos dos exploradores, el de afuera y el de adentro, tengo un libro nuevo terminado que sale en julio. Pronto cuento más.
Entonces, ¿qué es un psiconauta?
Volvamos al principio, ahora que recorrimos el camino. Un psiconauta es un explorador, pero no de afuera. El que entendió que el último territorio sin descubrir no está en ningún mapa: está dentro de uno mismo. Que no necesita cruzar el mundo ni meterse nada para empezar el viaje, aunque a veces use esas naves. Le basta con animarse a mirar donde casi nadie mira: hacia adentro.
La sustancia, si la usa, es apenas una herramienta. Lo que lo define no es lo que probó, es hasta dónde llegó mirándose, y qué hizo con eso al volver.
Y eso abre una última pregunta, que dejo para que te la lleves:



