Por qué dejé de decir "qué casualidad"
Te tomas un café con alguien. Pasan los años. Esa conversación termina cambiándote de país. "Qué casualidad", dices. Yo dejé de usar esa palabra.
Yo dejé de usar esa palabra.
La palabra casualidad viene del latín casus, que significa caída. Literalmente, las cosas que caen. Inventamos este concepto para explicar lo que carece de sentido en el momento. Te encuentras a alguien en la calle, le invitas un café, hablan diez minutos y cada uno sigue su camino. Asumes que ese cruce simplemente cayó en tu día, sin estructura ni propósito. Casualidad. Está bien verlo así si prefieres no darle peso a los hechos. Es una mirada superficial y perfectamente válida.
Hay encuentros que rompen esa regla.
Te cuento dos míos. Hace diez años trabajé en una obra de construcción con un ingeniero en prevención de riesgos. Compañeros de trabajo, buena onda. Pasaron los años. Cuando decidí irme de Chile, lo llamé. Él ya estaba en Irlanda. Resulta que vendía cursos de inglés. Esa persona que conocí en una obra una década atrás me vendió el curso, me guió y me acompañó en todo el proceso de llegar a Irlanda.
Después me fui a vivir a España. Al comenzar enero del 2025 me hice una pregunta: ¿estaba viviendo la vida que me propuse cuando me fui de Chile? Mi respuesta fue un no rotundo. Entonces me hice otra: ¿ahora qué hago? Recordé que en otra obra, años atrás, había conocido a otro prevencionista, sabia de su vida por redes sociales. Él estaba en Australia. Le escribí por LinkedIn. Empezamos a conversar, me contó su experiencia, mi foco empezó a cambiar y tomé la decisión de venir.
Dos cafés. Dos personas que parecían ser únicamente compañeros de trabajo. Pero entre los dos, dos países.
¿Casualidad? Yo lo veo diferente. Esos encuentros funcionaron como engranajes esperando ser activados.
No te pido que creas que alguien lo planeó. Pero hay un orden en cómo encajan las cosas que cuesta llamar azar. La naturaleza no improvisa: el árbol crece hacia la luz, el agua encuentra su cauce, todo se sostiene sin que nadie lo empuje. Quizás los encuentros funcionan igual, y lo que llamamos casualidad es solo orden que todavía no entendemos.
Acá entra algo que me ayuda a explicarlo. Cuando juegas un videojuego hay personajes de relleno, los NPC, que solo están ahí para darte una frase y seguir. Yo soy un NPC en la realidad de mucha gente. Le di los buenos días a alguien, lo hice pensar un segundo, y nunca más compartimos nada, porque en su historia yo no tenía un papel ahí. Esa misma persona puede ser un NPC en la mía. Nos cruzamos, el momento pasó, cada uno a lo suyo.
A veces ese personaje de fondo resulta ser una puerta. Y ahí está la parte que importa, la que casi nadie dice: el café no te cambia la vida por sí solo. El café queda ahí, quieto, durante años. Lo que lo activa eres tú. Tu decisión de moverte. Tu costumbre de levantar el teléfono y escribirle a un amigo. El mundo está lleno de gente que conoció a alguien en una obra, en su trabajo, en la universidad, y nunca lo llamó.
Por eso “casualidad” es una palabra que esconde algo. Cuando dices “qué casualidad me encontré con esta persona”, te borras a ti mismo de la ecuación. Parece que la suerte hizo el trabajo. La suerte fue irrelevante. Lo que de verdad pasó fue que estabas buscando, y por eso lo viste.
Tú empiezas buscando algo afuera: otro país, otro trabajo, otra vida. Asumes que la búsqueda es exterior. En el fondo, siempre te estás buscando a ti mismo. Cuando uno se busca de verdad, empieza a ver puertas donde antes solo había gente de paso.
El café estuvo siempre ahí. La diferencia fue que un día tomaste la decisión te sentarte a tomarlo.
Este texto nace del mismo lugar desde donde escribí Coaching para Buscadores, mi punto de partida para cambiar de ruta. Puedes conseguir el libro AQUÍ, o revisar mi obra completa en el CATÁLOGO.



