"Pienso, luego existo": la frase más famosa de la filosofía podría estar mal entendida
Segunda parte de una idea que empezó con una frase de Caszely. Descartes, Eckhart Tolle y Shakespeare, tres miradas sobre lo mismo: qué eres cuando dejas de creerte tus pensamientos.
En el post anterior quedó una frase dando vueltas. Carlos Caszely, sin proponérselo, dijo algo enorme a la salida de un partido: “no tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso”. Y vimos que ahí, en ese supuesto chascarro, estaba escondida una verdad antigua: que una cosa es el pensamiento, y otra cosa es el que lo mira.
Pero esa idea choca de frente con la frase más célebre de toda la filosofía. La que nos enseñaron en el colegio como una roca, como algo escrito en piedra.
“Pienso, luego existo.”
René Descartes la dejó hace casi cuatrocientos años, y desde entonces la repetimos como si fuera el cimiento de todo. Piénsalo: la frase dice que el pensar es la prueba de que existo. Pienso, entonces soy. Mi existencia queda apoyada sobre mi pensamiento.
¿Y si esa frase, la que damos por más sólida que ninguna, estuviera mal entendida?
Lo que dice Tolle
Eckhart Tolle, en El poder del ahora, es directo: Descartes se equivocó. Según Tolle, al decir “pienso, luego existo”, Descartes cometió el error básico de la condición humana, que es confundir el pensar con el Ser, y la identidad con el pensamiento. Para Tolle, esa identificación con la mente es el mayor obstáculo para experimentar lo que realmente somos, porque nos deja atrapados en un pensar compulsivo que no para nunca.
Hasta acá, Tolle. Y acá entro yo, con una distinción que me importa hacer.
Yo no diría que Descartes se equivocó. Diría que lo entendimos mal. Para afirmar con seguridad que un filósofo se equivocó, tendría que haber leído su obra completa, y todavía no lo hice. Lo tengo pendiente, y lo digo de frente. Lo que sí puedo decir es que la frase, tal como la heredamos y la repetimos, se lee como si dijera “soy mis pensamientos”. Y eso es justo lo que casi todas las tradiciones que estudio señalan como el error de fondo. Sea culpa de Descartes o culpa de cómo lo leímos, el resultado es el mismo: crecimos creyendo que pensar y ser son la misma cosa.
No lo son. Y para mostrarlo no hace falta ir a la India ni a un monasterio. Basta con un poeta inglés.
Shakespeare lo dijo antes, y mejor
Unas décadas antes de Descartes, William Shakespeare puso en boca de Hamlet la frase más repetida del teatro: “ser o no ser”.
La decimos como una duda dramática sobre la vida y la muerte. Pero mírala de nuevo, porque ahí hay una mecánica exacta de la consciencia, dicha en lenguaje de escenario.
El “no ser” es el personaje. El Juan que pela huevos, el ingeniero, el padre, el que tiene deudas, el que se come la sopaipilla. El rol que cumples, la forma temporal que un día va a desaparecer.
El “ser” es lo que observa a ese personaje. Lo que queda cuando te quitas el nombre, el título y la historia. El que mira a través de tus ojos mientras tus manos trabajan.
Fíjate en lo que pasó acá. Descartes dijo “pienso, luego existo” y puso el pensamiento como fundamento. Shakespeare, antes, ya había separado las dos cosas: el que es y el que actúa, el observador y el personaje. El poeta hizo la distinción que a la frase del filósofo le faltó. Uno apoyó el ser en el pensar. El otro mostró que el ser está debajo, mirando.
Y la raíz de nuestro sufrimiento, dicho simple, es que nos quedamos atrapados en el “no ser”. Creemos que somos el personaje. Creemos que somos el que piensa. Y se nos olvida que somos el que observa.
El patrón se repite
Es curioso, y vale detenerse un segundo acá. Un futbolista soltó esta verdad a la salida de un estadio y nos reímos. Un dramaturgo la dejó en una obra de teatro y la convertimos en cita bonita sin entenderla. Un filósofo escribió lo contrario y lo grabamos en piedra.
Los que apuntaron más hondo no fueron los que más “pensaron”. Fueron los que, casi sin querer, miraron de reojo eso que está detrás del pensamiento.
Eso es lo que quería dejarte hoy. No una respuesta cerrada, una grieta. Si puedes observar un pensamiento, si puedes no estar de acuerdo con él, si puedes verlo pasar, entonces ese pensamiento no te define. Hay algo más, debajo, más quieto, que solo mira.
No eres lo que pensabas que eras.
Y acá se abre una pregunta más grande todavía, de las que me quitan el sueño. Porque si no soy mis pensamientos, y hay un “ser” que observa y un “no ser” que actúa, entonces aparece la duda de fondo: ¿son de verdad dos cosas separadas? ¿O en algún nivel más hondo son lo mismo? Eso lo vemos en el próximo, porque no cabe acá y se merece su propio espacio.
Si quieres ir más a fondo en cómo el observador y el personaje conviven en la vida diaria, lo desarrollo en Pensamientos sopaipillas de metafísica, y el mecanismo que sostiene todo esto lo trabajo en Sesgo de confirmación aplicado a la existencia. Los encuentras en mi catálogo.



