“No tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso”
La profundidad filosófica de un comentario catalogado como un error
"Foto de Carlos Caszely por Carlos s614 bajo licencia CC BY-SA 2.0".
Hay una frase que en Chile conoce casi todos quienes les gusta el futbol conocen. La dijo Carlos Caszely, el Rey del metro cuadrado, hace más de cuarenta años, a la salida de algún partido, frente a un micrófono. Dijo: “No tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso”.
Y todos se rieron.
Se rieron tanto que la frase quedó dando vueltas durante décadas. Se volvió un chiste de la cultura popular, el ejemplo perfecto del chascarro, del lapsus, de la cosa graciosa que dice un futbolista cuando se le cruzan los cables. Tan célebre se hizo que hace poco Caszely la usó para titular un libro entero de frases divertidas del fútbol. La prensa la trató de “joya de la contradicción”. Hubo hasta columnas políticas que la usaron para burlarse de la incoherencia de algún presidente, la llamaron “la filosofía Caszely” y la calificaron de incomprensible, de absurda, de contradicción pura.
Nadie, en ninguna parte, se detuvo a pensar que el futbolista, sin proponérselo, había dicho una de las verdades más hondas que existen.
Yo tampoco, al principio. La primera vez que la escuché me reí igual que todos. Pensé, qué frase más absurda, cómo no voy a estar de acuerdo con lo que pienso, si lo que pienso soy yo. Me pareció un disparate. Y años después, cuando empecé a mirar estas cosas en serio, entendí que en ese disparate del que todos nos reímos estaba escondido algo muy profundo que pocas veces miramos.
Por qué nos reímos
Vale la pena preguntarse primero por qué nos causa tanta risa.
Nos reímos porque la frase choca de frente con algo que tenemos grabado tan adentro que ni lo cuestionamos: la idea de que somos lo que pensamos. Crecimos con eso. “Pienso, luego existo”, nos enseñaron en el colegio como la base de todo. Y entonces cada pensamiento que pasa por la cabeza nos parece parte de nuestra identidad, una verdad sobre quiénes somos. Bajo esa lógica, decir “no estoy de acuerdo con lo que pienso” suena tan absurdo como decir “no estoy de acuerdo conmigo mismo”. Es una contradicción. Por eso da risa.
Pero fíjate en algo que el propio Caszely contó cuando lanzó el libro. Dijo que cuando él soltó la frase, mucha gente se rió. Y agregó algo que casi nadie notó: que al dar a conocer el libro, el cien por ciento de la gente le dice que a ellos también les ha pasado alguna vez no estar de acuerdo con lo que piensan.
Ahí está todo. Nos reímos de la frase, y al mismo tiempo todos reconocemos que nos pasa. Nos burlamos de una experiencia que tenemos a diario. ¿Y no es raro que algo nos cause risa y al mismo tiempo todos admitamos que lo vivimos? Algo en esa frase toca una cuerda que la risa no alcanza a tapar. Nos reímos rápido, quizás, para no detenernos en lo que de verdad está diciendo.
Lo que la frase realmente dice
Detente un segundo en ella, en serio. “No tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso.”
Si tú puedes no estar de acuerdo con un pensamiento, entonces ahí hay dos cosas, no una. Está el pensamiento. Y está algo más, eso que lo mira y dice “con esto no estoy de acuerdo”. Y ese que disiente no puede ser el mismo pensamiento, porque nadie discute consigo mismo al mismo tiempo. El que juzga el pensamiento es otra cosa que el pensamiento juzgado.
Lo hacemos todo el día sin darnos cuenta. Te viene a la cabeza “soy un desastre”, y al rato algo en ti responde “no es para tanto”. Dos voces. Piensas “mando todo a la punta del cerro”, y otra parte dice “tranquilo, no hagas ninguna tontería”. ¿Quién le habla a quién ahí? Si fueras solamente tus pensamientos, no habría conversación posible. Habría un pensamiento y nada más. Pero hay diálogo. Hay uno que piensa y otro que escucha lo que se piensa.
Caszely, sin saberlo, a la salida de un partido, nombró eso. Que hay una distancia entre tú y lo que pasa por tu cabeza. Que el pensamiento ocurre, pero tú no eres exactamente el pensamiento. Eres, más bien, eso que puede mirarlo y hasta no estar de acuerdo con él.
Una verdad de miles de años
Lo que el futbolista soltó por accidente no es nuevo. Es, quizás, una de las observaciones más antiguas de la humanidad, dicha en lenguaje de cancha.
Hace más de dos mil años, en la India, las tradiciones del Vedanta ya distinguían entre la mente, que produce pensamientos sin parar, y aquello que es testigo de esa mente. Le decían el testigo, sákshi en su lengua. Una consciencia que observa los pensamientos pero no es los pensamientos, igual que el cielo observa pasar las nubes sin ser ninguna nube. Toda la práctica consistía, en buena parte, en dejar de creerse las nubes y reconocerse como el cielo.
El budismo llegó por otro camino a algo parecido. En la meditación que enseñó el Buda, una de las primeras cosas que el practicante aprende es a observar cómo surgen y desaparecen los pensamientos, sin agarrarse a ellos, sin pelearse con ellos, solo mirándolos pasar. Y al hacerlo descubre algo que cambia todo: que él no es esos contenidos que van y vienen. Que hay una consciencia más quieta, debajo, que solo observa.
Distintas culturas, distintos siglos, distintas palabras. Pero todas señalando lo mismo que el Chino Caszely dijo sin querer a la salida de un estadio. Que una cosa es el pensamiento, y otra cosa es el que lo mira. Lo dijo un futbolista en los años ochenta y nos pareció gracioso. Lo dijeron los sabios hace milenios y nos parece sagrado. Es, en el fondo, lo mismo.
El precio de creernos cada pensamiento
Esto no es un juego intelectual o filosófico. Tiene consecuencias reales en cómo vivimos.
La cabeza dispara pensamientos todo el día, sin parar. Hay quienes calculan que tenemos decenas de miles de pensamientos diarios, y muchos son basura. Miedos viejos, frases que escuchamos de un padre o un profesor y se quedaron repitiéndose solas, juicios y creencias que ni siquiera son nuestros. Si te crees cada uno, si tomas cada pensamiento como una verdad sobre ti, vives a merced de ellos. Piensas “no valgo” y te hundes. Piensas “todo me sale mal” y te paralizas. No porque sea cierto, simplemente porque le creíste a un pensamiento como si fuera tu dueño.
La frase del futbolista, esa de la que todos se rieron, abre una puerta de salida. Dice, sin filosofía, en lenguaje de cancha: oye, no estás obligado a comprarte todo lo que piensas. Puedes mirar un pensamiento, reconocer que está ahí, y dejarlo pasar sin obedecerlo. No eres su esclavo. Eres el que lo mira.
Y esto se puede comprobar
Lo mejor es que no hay que creerlo porque lo diga Caszely, ni yo, ni ningún maestro. Se comprueba. Y la manera es tan simple que parece mentira, y tan difícil al mismo tiempo para nosotros hoy, llenos de pantallas y ruido. La manera es sentarse en silencio.
Te lo digo por experiencia propia, no de oídas. Lo primero que pasa cuando uno empieza a sentarse en silencio es que se queda dormido. Me pasó a mí y lo he visto a mis amigos cuando lo intentan. El cerebro está tan acostumbrado a estar prendido que, cuando le bajas el ruido, se apaga. Eso ya dice algo de cómo vivimos. Pero si uno insiste, si vuelve a sentarse al otro día, y al otro, con disciplina, en algún momento pasa algo distinto. Empiezas a notar los pensamientos como si desfilaran por delante. Llega uno. Lo ves. Se va. Llega otro. Lo ves. Se va.
Y en ese momento, sin que nadie te lo explique, lo entiendes por ti mismo: si yo puedo ver pasar mis pensamientos, entonces yo no soy mis pensamientos. Soy el que los mira pasar. Exactamente lo que dijo el futbolista, pero ahora comprobado por ti, en silencio.
Eso es todo, por ahora. No hace falta ir más lejos hoy. Solo quedarte con esto, que parece poco y es enorme: que entre tú y lo que piensas hay una distancia. Y en esa distancia ahí está tu verdadero yo. Que el pensamiento es algo que ocurre, no algo que eres. Lo dijo Caszely entre risas, sin saber que decía una verdad filosófica de las grandes.
Quedan tres preguntas dando vueltas Una, ¿quién es exactamente ese que mira los pensamientos pasar? Otra, ¿quién es ese verdadero yo? Y una más grande todavía, que toca esa frase que nos enseñaron como una roca, la que vimos al inicio de este post, "¿pienso, luego existo?" Porque si resulta que no soy mis pensamientos, entonces esa frase de René Descartes con la que crecimos quizás no era tan firme como creíamos. Pero eso lo vemos otro día.
Caszely metió goles que Chile no olvida. Pero quizás su mejor jugada fue una frase que él mismo creyó un error, y de la que todos nos reímos sin entender lo que había dicho.
Si quieres ir más hondo en esto, lo desarrollo en mi libro “Sesgo de confirmación aplicado a la existencia”



