La trampa que no puedes ver porque la usas para ver
Todo lo que percibes confirma quién ya creías ser. Ese es el problema.
La mayoría de las cosas que crees sobre tu vida no las descubriste. Las construiste, y después olvidaste que las construiste. Olvidaste tan bien que ahora las vives como si fueran la realidad, como si siempre hubieran estado ahí, como si no existiera otra forma de ver.
Piensa en algo que estés seguro de saber sobre ti mismo. Que eres alguien con mala suerte en el amor. Que el dinero nunca te alcanza. Que no eres constante. Que la gente termina decepcionándote. Lo que sea que tengas tan claro que ni lo cuestionas.
Ahora observa cómo llegaste a saberlo. Vas a notar que tienes pruebas. Muchas. Recuerdas las veces que el amor salió mal, las veces que el dinero se esfumó, las veces que abandonaste algo a medias, las veces que alguien te falló. La evidencia está ahí, sólida, innegable.
Esa evidencia es la trampa.
Porque tu cerebro no recogió esas pruebas de forma neutral. Salió a buscarlas. Antes de vivir cada situación, ya tenía un modelo de lo que esperaba encontrar, y ese modelo determinó qué ibas a registrar y qué ibas a dejar pasar. Las veces que el amor funcionó se borraron o se volvieron excepciones. Las veces que el dinero alcanzó no cuentan como dato. Lo que confirma el modelo se guarda con nitidez. Lo que lo contradice se difumina hasta desaparecer.
A esto la psicología lo llama sesgo de confirmación, y casi siempre lo presenta como un error pequeño del razonamiento, algo que se arregla pensando mejor. He llegado a pensar que no es un error pequeño ni se arregla pensando mejor. Es la forma misma en que se construye todo lo que llamas tu realidad.
El cerebro no recibe el mundo. Lo anticipa. Genera una hipótesis de lo que va a encontrar y sale a confirmarla. Cuando lo que pasa coincide con la hipótesis, la señal entra limpia. Cuando lo que pasa contradice la hipótesis, el cerebro atenúa la señal, la explica, la acomoda para que el modelo siga en pie. Percibir es confirmar lo que ya esperabas percibir. Y como esto ocurre en el mismo acto de percibir, nunca lo ves trabajar por separado. Ves el resultado ya armado, y a ese resultado lo llamas realidad.
Lo mismo que hace con el mundo, lo hace contigo. La persona que crees ser es una historia que construiste hace tiempo, y cada día seleccionas las experiencias que la confirman. Por eso cuesta tanto cambiar. No es falta de voluntad. Es que el filtro trabaja sin descanso para mantener en pie la versión de ti que ya tienes. El que sufre encuentra razones para seguir sufriendo. El que teme el abandono encuentra, una y otra vez, las señales de que va a ser abandonado. No porque el mundo sea así, porque el filtro solo deja pasar lo que encaja.
Por eso lo llamo la trampa que no puedes ver porque la usas para ver. El filtro es invisible porque es aquello a través de lo cual miras todo lo demás. No lo percibes como filtro. Lo percibes como el mundo.
Y aquí viene la parte incómoda. No hay una salida limpia. No existe un lugar fuera del filtro desde donde mirar sin filtro. Toda percepción está construida. Todo lo que sabes llega ya filtrado por tu historia, tus modelos, tu manera particular de mirar. La idea de una mirada totalmente objetiva, sin perspectiva, es ella misma otra construcción del filtro.
Entonces no se trata de quitarte el filtro. Eso no es posible. Se trata de algo más sutil, y es lo único que cambia de verdad: empezar a ver el filtro operar. Reconocer, en el momento en que ocurre, que estás seleccionando la evidencia que confirma lo que ya creías. Cuando ves eso, aunque sea por un segundo, aparece una grieta. Una distancia mínima entre tú y la historia. Y en esa grieta hay algo que se parece bastante a la libertad.
He visto esa grieta abrirse del todo. Hay estados en los que el filtro se suspende por completo, donde el que construye la realidad deja de construirla, y lo que queda no es la nada. Es algo anterior a toda construcción, donde el yo que sostiene la historia simplemente no está, y donde nada de lo que tanto pesaba pesa. Esos estados no duran. El filtro vuelve, con todos sus modelos y todos sus miedos otra vez en su lugar. Pero algo queda después: ya sabes que era un filtro. Ya no puedes creerle del todo.
Vivir sabiendo esto no te paraliza. Te cambia la relación con casi todo. Sigues actuando, pero ahora sabes que los modelos desde los que actúas son hipótesis, no verdades. Sigues sufriendo, pero distingues la parte del sufrimiento que viene de lo que pasa y la parte que viene de la historia que montas sobre lo que pasa. Sigues amando con todo, sabiendo que el que ama y el que es amado son construcciones que un día se disolverán en algo que ya no tiene forma de “yo”.
El sesgo de confirmación es la condición de toda experiencia humana. No es una condena. Es el punto de partida de una forma distinta de habitar lo que eres.
El sesgo de confirmación es la condición de toda experiencia humana. No es una condena. Es el punto de partida de una forma distinta de habitar lo que eres. Y deja una última pregunta, la misma que me hago cada día. La pregunta no es si puedes quitarte el filtro. La pregunta es quién serías sin él.
Todo esto lo desarrollo con calma, capítulo a capítulo, en mi libro Sesgo de confirmación aplicado a la existencia. Recorre la neurociencia del cerebro que construye lo que ve, la filosofía que lleva siglos rondando esta pregunta, las tradiciones que la exploraron desde adentro, y mi propia experiencia con lo que aparece cuando el filtro se suspende del todo. Si algo de lo que leíste aquí te dejó una grieta abierta, el libro es la invitación a mirar por ella. Lo encuentras en el enlace.



