El gigante que llevas en el bolsillo
Cuando el producto es gratis, el producto eres tú. Pero la cosa va más lejos.
Esta semana vi una charla TED. La da Madhumita Murgia, periodista, y empieza de una manera que me dejó pegado. Se describe entera: su edad, su barrio, cuánto gana, qué come, por dónde caminó el lunes pasado a las siete de la tarde. Una ficha exacta de quién es. Y entonces dice que esa descripción no la escribió ella. La armaron empresas que nunca conoció, juntando los rastros que va dejando cada día sin pensar.
Me quedé con eso dando vueltas, y de ahí salió la pregunta que te quiero hacer. Pero déjame contarte primero lo que ella encontró, porque es grande.
Hay una profesora de Harvard, Latanya Sweeney, que mostró algo simple y un poco escalofriante: con tres datos —tu código postal, tu fecha de nacimiento y tu sexo— se puede identificar a casi nueve de cada diez personas. Tres datos que das sin parpadear. Para probarlo, compró por veinte dólares el registro de votantes de una ciudad, lo cruzó con unos historiales médicos “anónimos”, y en minutos tenía el historial clínico del gobernador del estado. Veinte dólares.
Eso es lo chico. Murgia cuenta también cómo una empresa juntó cinco mil datos de cada una de doscientos veinte millones de personas para empujar el voto en una elección. Cómo tu aplicación del clima sabe dónde dormiste. Cómo el televisor de tu living, hace unos años, grababa lo que se hablaba en la pieza. La frase que se le quedó a ella, y a mí, es esta: lo que venden ya eres tú. Tu vida entera, empaquetada y puesta a precio.
Acá está la charla completa de Madhumita Murgia, por si quieres verla:
Y acá está lo que de verdad me hizo pensar. Nada de eso te pidió permiso de frente. Tú lo diste igual, apretando “aceptar” sin leer una línea, mil veces, en mil aplicaciones. Regalaste tu vida a cambio de un cupón, de una tarjeta de descuento, de una app gratis. Y lo hiciste tranquilo, porque era cómodo.
Ahora fíjate dónde pones la atención. Un día te salta en el teléfono un aviso de algo que justo habías hablado en voz alta, nada más que hablado, y te recorre un escalofrío: ¿cómo saben? Eso te asusta, porque lo viste. Pero ese mismo día, sin un solo escalofrío, le entregaste a ese gigante dónde estuviste, con quién, qué buscaste a las dos de la mañana. Le tienes el ojo puesto a lo poco que alcanzas a ver, mientras le dejas la puerta abierta a todo lo que no ves. Escribí un libro entero sobre eso: sobre cómo la mente se aferra a lo que tiene delante y deja pasar lo grande que prefiere no mirar.
No vengo a decirte que tires el teléfono y te vayas a una cueva. Murgia tampoco pudo: lo intentó por semanas, con correos falsos y todo, y al final volvió. Las herramientas sirven, son parte de cómo vivimos, y esconderse nunca fue la salida. Tampoco te vengo a vender miedo ni a convencerte de que el mundo entero te persigue.
Soy un tipo encerrado en su pieza escribiendo libros, que una vez a la semana te manda un correo con una idea sobre lo que somos. No sé dónde vives, no sé qué comiste hoy, no sé para dónde vas. Y la verdad, no me interesa. Frente al gigante que sí lo sabe todo, yo soy el enano con una piedra en la mano. La piedra es esta pregunta, y es lo único que te lanzo.
Así que la próxima vez que algo te diga “aceptar” y tu dedo vaya solo, frena un segundo. No por miedo, por curiosidad. Porque esa ficha que arman de ti, la que te describe mejor que tu propio vecino, la estás escribiendo tú, dato por dato, sin leer una línea de lo que firmas.
Y con esto te dejo: si juntaran en una sola hoja todo lo que regalaste hoy sin darte cuenta, ¿reconocerías a la persona que aparece ahí?
Yo creo que no. Y ese es el punto.
Te escribo desde una lista de correos antigua. Si esto no es para ti, abajo te das de baja en un clic, sin rencor. Y si te quedaste pensando, quédate.



