El amor es metafísico (y no hablo del romántico)
Por qué todo lo que existe es algo invisible buscando verse.
Quizás hayas escuchado hablar de los cinco lenguajes del amor. Ese libro de Gary Chapman que dice que cada persona da y recibe amor de una manera: unos con palabras, otros con tiempo de calidad, otros con un abrazo, un regalo, un gesto de servicio. A mí, por ejemplo, el que más me representa es dedicar tiempo. Pero fíjate en algo: todos esos lenguajes son formas de mostrar el amor. Ninguno es el amor en sí. El abrazo, el tiempo, las palabras, son la manera en que algo invisible se hace tocar por un segundo.
Y mira más fino todavía: hasta llamarlos “lenguajes” ya es ponerles una etiqueta. La palabra “lenguaje” la agregamos nosotros para ordenar lo que vemos. Y la etiqueta siempre llega un paso después de la cosa que nombra.
Cuando digo que el amor es metafísico, hablo de eso. De lo que está en todos esos lenguajes.
Meta-físico
La palabra lo dice sola. Meta: más allá. Físico: lo material, lo que se toca. Metafísico es lo que está más allá de lo físico, pero que se expresa a través de lo físico.
El amor entra justo ahí. No se puede tocar el amor como tocas una mesa. Lo que tocas son sus formas: una caricia, una mirada, un cuerpo, una decisión. El amor no se fabrica desde la materia. La materia le da una forma, un lugar donde volverse visible.
Piénsalo con algo concreto: hacer el amor. Dos cuerpos, roce, calor, fricción. Ahí hay amor, se siente. Pero ¿dónde está? ¿En el acto? ¿En la piel? Si abres un cuerpo no lo encuentras dentro. El acto es la forma que toma el amor cuando dos personas se lo dicen sin palabras. Lo más físico que hacemos sigue siendo un lenguaje: algo que no se toca usando dos cuerpos para volverse, por un rato, tocable.
Y acá doy el paso que para algunos va a sonar fuerte, pero lo digo igual, porque es como lo veo.
La materia es la expresión de lo que no es materia
Piensa en todo lo que existe. Tu cuerpo, esta pantalla, el aire, las estrellas. Todo eso es materia, forma, algo que aparece.
¿Y si toda esa materia fuera la expresión visible de algo que no tiene forma? ¿Y si lo que llamamos mundo físico fuera la manera en que algo invisible se mira a sí mismo?
Lo planteo así. Imagina que existe la consciencia pura, el universo o la fuente. O, más simple, llámalo “el Todo”. Una sola cosa, y es todo lo que hay, y no hay nada fuera, porque su nombre lo dice: es el Todo. Y acá aparece el problema. El Todo sabe lo grande, lo magnífico que es, lo sabe de sobra, pero saberlo de cabeza y sentirlo en el cuerpo son dos cosas distintas. No hay un otro, no hay un afuera desde donde mirarse. ¿Cómo experimentas ser el Todo, si eres todo lo que hay?
¿Qué hace el Todo para experimentarse? La respuesta la rozamos en otro texto, con Shakespeare. “Ser o no ser.” Esa frase que repetimos como cliché de teatro es de las más cosmogónicas y más sopaipillas que se han dicho. Porque el Todo, para experimentarse siendo el Todo, necesita lo único que le falta: no serlo. Conocerse desde lo que no es. Los místicos lo nombraron el “Es-No Es”; en el libro Conversaciones con Dios lo dicen así: «en ausencia de lo que no es, lo que Es no es.»
Y para eso se divide. Aunque “dividir” se queda corta; me suena más cerca “fractalizarse”. Se fractaliza en infinitas partes, y cada parte, al ser menos que el total, puede por fin mirar al resto y verlo. Tú eres una de esas partes. Yo soy otra. Cada persona, cada cosa, es un punto de vista desde el cual el Todo se mira, se siente y se reconoce a sí mismo.
Esto lo venía escribiendo desde mi primer libro, Coaching para Buscadores, aunque entonces lo decía de otra manera, porque ya entendía que la creación, la existencia, no comete errores:
Trátate con amor. Te lo mereces. Si no lo merecieras, no existirías: la creación no comete errores. “Todo lo que Es” sabe que no está completo sin ti. Eres digno de todo lo que puedas imaginar, por el hecho mismo de existir. Deja de rechazar el regalo que eres.
Y si me preguntas por qué lo llamo amor, y no curiosidad, o aburrimiento, o ganas de no estar solo, te respondo así. Todas esas razones nacen de una falta. El curioso quiere llenar algo que no sabe. El que se aburre quiere tapar un hueco. El que está solo busca la compañía que le falta. Pero el Todo no tiene faltas, no necesita nada (eso de que no tiene necesidades lo veremos en otro post). Y la única fuerza que se mueve sin que le falte nada es el amor. El curioso busca para llenarse; el amor se derrama porque ya está lleno. Por eso, cuando algo completo decide igual manifestarse, fractalizarse y encarnarse, solo para experimentarse a sí mismo, lo llamo amor. Nada lo obliga. Lo mueve la riqueza de sí mismo. Se ama, y al amarse, desea conocerse desde todas las formas posibles.
Por eso, “si pudieras ver como Dios te ve, sonreirías mucho”.
La materia, entonces, es el lugar donde lo invisible se deja ver. Hay tradiciones que la entendieron como caída o como castigo; a mi manera de comprender, me ocurre lo contrario. Para mí la materia es muy querida, muy amada, muy protegida. Porque le da a “lo que es” la forma de experimentarse como todo eso que “no es”, sin dejar de serlo nunca. Una parte (individualidad) no puede dejar de ser parte del Todo. Es uno y lo mismo.
Y acá se da vuelta algo. Empecé diciendo que no puedes tocar el amor como tocas una mesa. Y mira: la mesa también es materia, y la materia es la forma que toma lo invisible. Esa mesa ya es amor hecho cosa. Eso que la mantiene unida, ordenada y en armonía, como una sola pieza, es el amor tomando forma. Lo estuviste tocando todo el rato, en la mesa, en tu mano, en el aire que respiras. Vives, tocas y existes dentro de una realidad hecha de amor. No se agarra como un objeto, porque es de lo que está hecho cada objeto, incluyendote.
Por qué te cuento esto
Te lo cuento porque es el tipo de pensamiento que me acompaña todo el día. Y acá la pregunta no es creer o no creer. Las dos respuestas serían verdad. Vivimos en la dualidad, donde los opuestos son igual de ciertos: la dicotomía de la existencia. Pero eso es tema para otro texto, o para un libro entero.
Si llegaste hasta acá, te diste cuenta de que tengo demasiados pensamientos de este tipo. Por eso escribí siete libros. Y por eso estoy acá, en este blog: los libros no me alcanzaron y necesito seguir escribiendo en alguna parte lo que pienso.
Esto que acabas de leer es una de las piezas de algo más grande, que voy desarmando de a poco en cada texto. Si te resonó, aunque sea como una pregunta incómoda, ahí está la puerta abierta.
Vine a compartir cómo veo yo este misterio, por si te sirve para mirar el tuyo. Si te quedaste con más preguntas que respuestas, hicimos bien el trabajo.
Esta idea atraviesa toda mi obra. La desarrollo entera en Pensamientos sopaipillas de metafísica y en Sesgo de confirmación aplicado a la existencia. También aparece en Coaching para Buscadores y en Despertando; todos tocan lo mismo desde otro ángulo. Los encuentras en mi catálogo.



